La receta usual para hacer más competitiva una compañía consiste en reducir la distancia entre quienes toman las decisiones y el cliente e impulsar el espíritu empresarial en cada parte de la organización. Para ello, se tiende a la creación de unidades de negocios autónomas (por tipos de productos o mercados) que reportan al nivel corporativo.
Pero la nueva estructura no resulta todo lo eficiente que se espera, pues cada unidad requiere su propio personal y sus propios sistemas. El caso de la función financiera es uno de los más reveladores. Sea cual fuere la forma de la organización, hay que producir números, mantener registros contables, consolidar estados financieros, calcular y pagar impuestos. Esto requiere reglas cuya aplicación es más difícil en una "democracia" que en las antiguas "autocracias".
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